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domingo, 19 de octubre de 2014

Animales Animados



Hace poco, alguien me comentaba que, cuando la fotografía se usa para llevar las imágenes tridimensionales a la bidimensionalidad del libro, esta se constituye únicamente como un método de reproducción y no como una forma de narración y que, precisamente por ello, debía plantearme desechar de mi tesis doctoral trabajos como los de Isidro Ferrer.

En mi opinión, se trata de algo mucho más complejo. Estoy segura de que esa persona tiene razón al decirme que me esperan muchas horas y muchos libros aburridos y malísimos si no los excluyo, pero siento que es absolutamente necesario que alguien analice el uso de la fotografía como “escaneo” (utilizando una palabra suya que deja bastante claro lo que algunos piensan sobre este asunto) de otro tipo de técnicas. Escanear es fácil, pero fotografiar no lo es tanto. Basta echar un vistazo a todos esos libros en los que  es el propio autor de los artefactos tridimensionales el que se atreve a reproducirlos y compararlos con aquellos otros en los que es un fotógrafo profesional el que lo hace. Creo, de otra parte, que no hace falta enumerar o detenerse en todas las obras que reproducen ese tipo de manifestaciones artísticas que no pueden llegar al libro, sino, simplemente, presentar una serie de ejemplos que puedan aportar algo de luz a este panorama.

Por otro lado, desde mi punto de vista, la técnica fotográfica no es algo secundario: las fotografías de Sara Moon no son interesantes únicamente desde el punto de vista narrativo -que, por supuesto, también lo son. Muy al contrario, pienso que ambas cosas están indeleblemente unidas. El hecho de tratarse de una fotógrafa consagrada y con una obra muy personal, el uso del blanco y negro, la influencia del cine y el expresionismo, etc. no pueden eludirse en el análisis de esa versión de Caperucita.

No hay que olvidar, además, que en estos libros que emplean la fotografía como “escaneo” de la obra original ambas cosas –objeto tridimensional y fotografía- están en el origen de la idea y, en ocasiones, como en la del que que analizaremos a continuación, no pueden pensarse ni analizarse por separado.

En la década de los veinte del siglo pasado, el escritor soviético Serguéi Tretiakov llevó a cabo la que sería su única incursión en el mundo de la literatura infantil: una serie de sainetes que fueron ilustrados en su primera edición por el  director de ópera Borís Pokrovski. Sin embargo, sus dibujos poco tenían que ver con el latir vanguardista de los versos de Tretiakov que, consciente de ello, pidió a Aleksandr Ródchenko que empleara la fotografía para acompañar sus textos en una nueva edición. Este trabajo, también el único relacionado con la literatura infantil en el caso de Ródchenko, desgraciadamente, nunca llegó a ver la luz. La edición que ahora comentamos se realizó gracias a los archivos de su nieto Aleksandr Lavréntiev.

Animales animados había sido concebido, idealmente, como un libro de vanguardia para niños, un libro cuyas ilustraciones debían ser fotografías, porque la fotografía era el lenguaje de la modernidad.

Volviendo a la reflexión del principio, a pesar de que sigo sin creer que la fotografía signifique, en la obra de Voltz o de Ferrer, simplemente una forma de reproducción y de que, muy al contrario, pienso que estos trabajan siempre conscientes de la fotografía, porque ella determina inevitablemente su obra mucho más allá de asuntos relacionados con la fidelidad del color (dado que para reproducir una obra tridimensional es necesario no solo un buen equipo de reproducción, sino también un estudio, un profesional que tenga en cuenta las sombras y las luces, la elección del encuadre, el uso de una determinada temperatura de color, etc.), en Animales animados se va un poco más allá: la fotografía no solo reproduce las figuritas realizadas por Ródchenko y Várvara Stepánova, sino que tiene, además, la delicada misión de dotarlos de movimiento, de envolverlos en el aura de la metamorfosis de la que hablaban los versos.

La fotografía, por tanto, es en esta obra un asunto primordial, nadie podrá decir que no hace más que recrear un juego inspirado por los sainetes de Treiatov y es que las figuras de cartulina de este juego que mantuvo ocupados varias noches a Alexandr Ródchenko y a Várvara Stepánova con una lámpara y una cámara fotográfica, no son, de ninguna manera, más protagonistas que sus sombras sobre el papel.


sábado, 4 de agosto de 2012

La caricia de la mariposa, de Christian Voltz

         
 A Jesús Díaz Armas, mi guía y mi amigo.
          

          El año pasado analicé una obra de Grassa Toro e Isidro Ferrer para LIJMI[1]. Se trataba de un álbum delicioso que relataba cómo un pequeño[2] y su familia buscaban y finalmente encontraban el lugar adecuado para enterrar a su abuelo. No voy a repetir aquí todo lo que escribí entonces sobre Una casa para el abuelo, pero sí me gustaría recordar –porque me interesa hacerlo en relación con el trabajo de Voltz- dos de los muchos aspectos sobre los que hablé en ese artículo.

          En primer lugar, Una casa para el abuelo trata uno de esos temas tabúes en la literatura infantil: el tema de la muerte. En segundo lugar, las ilustraciones de Ferrer, Premio Nacional de Ilustración en el 2006 por este trabajo, se llevan a cabo empleando una técnica mixta que combina dibujo y creaciones a medio camino entre el collage y el assamblage.

          Cuando conocí La caricia de la mariposa, de Christian Voltz, no pude evitar acordarme del libro de Grassa Toro y Ferrer. Las coincidencias en el tema y en la técnica eran evidentes.  Aquí también se trataba el asunto de la muerte, aunque en este caso la de la abuela del protagonista, y se hacía con toda naturalidad y con un gran sentido del humor. Es lógico que encontrara también allí tierra, gusanos o raíces. Hay elementos que inevitablemente, en una cultura compartida, se asocian a la muerte, pero, en cualquier caso, ver a los dos abuelos que sobreviven a sus parejas, con una regadera en la mano, felices mientras cuidan de un árbol cerca de sus difuntos esposos, lo convirtió todo en un encuentro afortunado.

          La primera edición de Una casa para el abuelo se publicó por vez primera en París, en el 2001. Problemas relacionados con la inconveniencia del tema impidieron que se publicara en España antes del 2005. La caricia de la mariposa se publicó ese mismo año en Francia.

          Sin ahondar más en el tema de las coincidencias, es la técnica empleada por los ilustradores lo que explica la presencia aquí de este análisis comparativo. Voltz y Ferrer trabajan con una mezcla de técnicas y materiales que enlazan sus creaciones con las de Marcel Duchamp y otros artistas del arte contemporáneo. Y es que, este tipo de trabajos -de los que encontramos cada vez más ejemplos en este ámbito de la literatura infantil-, recuperan de algún modo los famosos objet trouvé dadaístas, obras que se llevaban a cabo empleando materiales diversos que se exponían luego  mezclados, modificados o, simplemente, descontextualizados.

          Lo fascinante es que, partiendo de material de desecho (cartones, maderas, alambres, arandelas, tuercas,  tornillos, retales, ramas, candados, lápices, etc.), Voltz y Ferrer hayan logrado, a pesar de todo, crear una obra personal e inconfundible. Centrándonos en Voltz, no cabe duda: los protagonistas de La caricia de la mariposa vienen del mismo planeta que los de ¡Yo no he sido! y El libro más genial que he leído.
          
          A estas alturas cualquier lector podría estarse preguntando cuál es el papel de la fotografía en el trabajo de estos ilustradores y, como adelantábamos en nuestra última publicación en este blog, la respuesta es que la fotografía es el medio a través del cual este tipo de creaciones tridimensionales pueden adaptarse a la bidimensionalidad del libro.
          
          Aquí, entonces, el papel del fotógrafo sería el de un mero mediador. Su responsabilidad no sería, en principio, la de aportar al libro ideas o creatividad. Este hecho explica por qué en muchas de estas obras no encontramos en los créditos una mención específica a su figura. En Una casa para el abuelo, por ejemplo, las fotos fueron llevadas a cabo por alguien que ha quedado relegado al anonimato. Y así ocurre con alguna obra de Voltz, pero no con todas. De hecho, el ilustrador francés cuenta ya con un fotógrafo habitual para este tipo de trabajos: Jean-Louis Hess, que aparece en los créditos de La caricia de la mariposa o El libro más genial que he leído.

          Creo que es cada vez más urgente reivindicar la figura del fotógrafo en este tipo de obras que, como en el cómic o en el cine, por poner dos ejemplos de manifestaciones artísticas en colaboración, reciben el sello de varias manos antes de convertirse en un producto final. El fotógrafo puede mejorar o empeorar un trabajo de este tipo, de modo que contar con un profesional en este ámbito no puede más que contribuir a su éxito.


[1] Red Temática de Investigación “Las Literaturas Infantiles y Juveniles del Marco Ibérico e Iberoamericano”.
[2] Más tarde, Grassa Toro me revelaría un secreto que nunca podría haberse adivinado en la lectura del álbum y es que el narrador no era un niños, sino una niña.